14 diciembre, 2008

La dama del acantilado

Sin motivo aparente, hoy me sorprendió un temporal, con toda su furia a mi alrededor. Titánicos remolinos de lluvia, viento, frío y sentimientos, que me derribaron frente al mar. Acabo de despertar, rodeado de calor hogareño, y un único recuerdo cubre mis pensamientos: una figura estilizada, casi etérea, sobre los acantilados, recitando a la tormenta una y otra vez los mismos versos...
Desde que soy, te aguardo.
Veo cómo te aproximas,
y me abalanzo hacia tí, desesperado.
Al borde del abismo,
recupero el equilibrio al ver que te alejas,
y sin quererlo, todo lo inunda mi llanto.

El vaivén de mi cuerpo,
y sobre todo de mi alma,
generan mareas de tristeza,
sobre los océanos de lágrimas
que, por tu única culpa, voy creando.

Y aquellos infelices,
que por mis mares navegan,
no oyen en el viento más que mi tonada,
que te llama y te maldice,
y que de tanto como se repite,
se confunde con el silencio.
Silencio.

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