29 noviembre, 2008

Richard el manzano

Un buen día, en la Isla de la Felicidad, Richard se convirtió en un árbol. Concretamente, en un manzano. Nunca me hubiera percatado de tal cosa, si no fuera porque todo el mundo lo saludaba a la salida del pueblo.
- Hasta luego, Richard.
- Adiós, tenga un buen día.
No es nada extraño que un miembro de la fauna o flora hable en la Isla, pero sí lo es que responda a los humanos de una manera tan educada. No dudé ni un segundo en intentar entablar conversación, ya que fuera de la Isla alguien trataba de contarme algo sin la menor importancia, y tenía tiempo de sobra.

Nada más acercarme, Richard percibió mis intenciones y buscó la forma de hacer menos incómoda la situación.
- Yo no he sido siempre un manzano, ¿sabe?. Mi madre siempre me lo decía, pero yo, ni caso...
Su aspecto era extraño. Lejos de parecer un arbusto con rasgos humanos, como hemos visto en tantas películas, en realidad era igualito que un árbol, a excepción de que de sus ramas colgaban partes mutiladas y desgarradas de un hombre cualquiera. Que si un brazo coagulado por aquí, un riñón reseco por allá, algunas vísceras colgando a modo de guirnaldas navideñas, y una cabeza algo desfigurada cerca de la copa. Aún así, tenía buen aspecto.
- ¿Qué es lo que te decía tu madre? ¿Y por qué narices eres un árbol?
- Bueno, mi madre siempre me daba manzanas para merendar ¿sabe?. Mi madre me quería mucho, o al menos eso pienso yo... ¿Quiere una manzana?.
- No, gracias. Que hayas comido muchas manzanas no explica que seas un manzano, a no ser que hablemos de cientos de miles...
- ¿Está seguro de que no quiere una manzana? Están un poco maduras ya, pero le aseguro que son de la mejor calidad.
- ¿No te dolerá?
- Un poco, quizá, pero se me pasa enseguida. Coja del lado de su izquierda, así me compensará un poco el peso. Tengo las cervicales destrozadas ¿sabe?.
En efecto, estaban realmente mal. Se podían ver perfectamente, una por una y con una ligera desviación hacia la izquierda, en el lateral del tronco de Richard.

Como rechazar una segunda invitación en la Isla es de muy mala educación, alcancé una brillante y oronda manzana, tratando de esquivar ciertos tejidos colgantes que me daban un poco de grima. La devoré en tan solo tres bocados. Ñam, ñam y ñam... glurg... ahhh. Qué rica.
- Eso mismo hice yo. Y mira que siempre me lo decía...
- ¿Pero se puede saber qué te decía tu dichosa madre?
- Que le sacase el corazón a las manzanas, que no me comiera las pepitas. Un tarde de primavera una de ellas germinó ¿sabe?, y las ramas fueron abriéndose paso a través de mi cuerpo. No era muy molesto al principio, pero poco a poco el proceso fue tornándose muy doloroso, hasta alcanzar extremos de gran angustia. La piel se resquebrajaba y pequeños brotes asomaban por todos los orificios de mi cuerpo. En aquellos tiempos mi sufrimiento era tal que solía pasar horas abrazado a mi madre. Lloraba desconsoladamente durante jornadas enteras, con el único consuelo de sus caricias. Un día la tortura cesó de manera repentina ¿sabe?, y al abrir los ojos, había echado raíces aquí mismo, y no había rastro de mi madre. Es, sin duda, un proceso sumamente confuso; ya lo verá.
Desde entonces, procuro caminar sólo por los parajes mas bellos de la Isla, pensando que cualquier lugar donde me encuentre puede ser mi emplazamiento definitivo. ¿Cuánto tiempo falta para mudarme permanentemente a la Isla? Ansío ese momento...

Génesis: lo que somos, lo somos.

Es posible que las corrientes nos hundan y destruyan;
es posible que demos con las Islas de la Felicidad,
y veamos al gran Aquiles, a quien conocimos.
A pesar de que mucho se ha perdido, queda mucho;
y si hemos perdido esa fuerza
que otrora movía el cielo y la tierra,
lo que somos lo somos;
corazones heroicos y del mismo temple
debilitados por el tiempo y el destino,
pero fuertes por la voluntad
de buscar, luchar, encontrar, y no ceder.
extracto de Ulises
Alfred, Lord Tennyson