14 diciembre, 2008

La dama del acantilado

Sin motivo aparente, hoy me sorprendió un temporal, con toda su furia a mi alrededor. Titánicos remolinos de lluvia, viento, frío y sentimientos, que me derribaron frente al mar. Acabo de despertar, rodeado de calor hogareño, y un único recuerdo cubre mis pensamientos: una figura estilizada, casi etérea, sobre los acantilados, recitando a la tormenta una y otra vez los mismos versos...
Desde que soy, te aguardo.
Veo cómo te aproximas,
y me abalanzo hacia tí, desesperado.
Al borde del abismo,
recupero el equilibrio al ver que te alejas,
y sin quererlo, todo lo inunda mi llanto.

El vaivén de mi cuerpo,
y sobre todo de mi alma,
generan mareas de tristeza,
sobre los océanos de lágrimas
que, por tu única culpa, voy creando.

Y aquellos infelices,
que por mis mares navegan,
no oyen en el viento más que mi tonada,
que te llama y te maldice,
y que de tanto como se repite,
se confunde con el silencio.
Silencio.

07 diciembre, 2008

El Rito de la Verdad

- ¡ESO ES MENTIRA! - gritó el joven, harto de su condescendecia, harto de la incertidumbre. Harto de ella. Encolerizado y confundido en sus sentimientos, acababa de invocar el Ritual.
Hay pequeñas regiones de la Isla que aún conservan esta antigua tradición. Nadie recuerda ya su procedencia, probablemente porque a nadie le preocupa. Simplemente lo asumen desde que nacen; es inherente a su ser, como respirar.

Y es que sólo hay un pecado mayor que la mentira, y es la desconfianza. Es por ésto que tiene mucho más que perder aquel que pone en entredicho a su prójimo, que aquel que se reafirma en una falacia. Y el Rito de la Verdad es juez y verdugo de ambas situaciones. A una mentira, la verdad pública. A la desconfianza, el destierro eterno.

La mujer no pudo articular palabra. Todos los presentes dejaron de rumorear al instante, y su expresión se tornó grave. Poco a poco y en silencio fueron rodeando a la pareja. Ella estaba ahora derrumbada a su lado, llorando desesperadamente y casi convulsionando. Como un géiser su boca comenzó a balbucear gruñidos que, a juzgar por los gestos de su cara, no podía controlar. A pesar de que hacía lo imposible por detenerlos, los gruñidos se fueron convirtiendo en sílabas, y éstas en palabras: nunca te quise.